No. No es poesía

La muerte sencilla, ¿es la más sencilla de las muertes?

Comienzo aquí,

Acabo en esta línea

Encadeno palabras

….

….

….

y esto no es poesía

Hago líneas con las palabras

… … …

… …. …

y esto no es poesía

Hago frases

…. ….. , ….., …. -, ….

…., -,,,,, …..

pero esto tampoco es poesía

“Recógeme la basura”

y esto resulta que sí es poesía

“Llamé y sólo respondió el golpe del timbre”

y me hice un cuento sobre ello

“Anduve más de cien metros”

Y me encontré de nuevo de donde había salido

“Anduve por todo el mundo”

Y me ocurrió lo mismo

No sé ya por dónde andar. Todo me conduce al mismo sitio

Ya no ando.

Sólo veo al mundo andar alrededor mío.

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2. Terio

Los juegos, todos los juegos, tienen su riesgo, incluso los más inocentes. La oca o el parchís conllevan un juego de lucha, muerte o triunfo.

Para Terio eso no era un gran problema. El juego era el juego y él jugaba con las palabras. Nada comprometido por lo demás, porque su educación no le permitía comprometerse con esta u otra idea; criticar nada o a nadie, y, además, no era su propósito. Él sólo quería seguir jugando con sus folios y su bella plumita. Compraba sus tacos de folios en la papelería de debajo de su casa. Procuraba que éstos fueran amables con su plumín y que corriera bien la tinta, ya había tenido problemas con otros más ásperos, más prácticos, más baratos; pero que dificultaban su caligrafía. Con aquellos se desesperaba y al final los dejaba para tareas menos intelectuales, como listas de la compra o cualquiera cosa que se le ocurriera. Sus folios, esos folios que usaba, eran como sábanas donde la tinta de su pluma hacían el amor con el blanco y blando resbalar de su plumín.

Una tarde del final del verano, y un poco más cargado de cerveza que de costumbre, reveló a un hermano de Logia su pequeña afición. Su pequeño ego dentro de su gran corpachón quiso no ser menos con ese hombre a quien tanto admiraba por su palabra y su erudición. Swann, -que así se llamaba su correligionario- tampoco estaba mucho por la labor de pasar la vista por lo escrito por Terio, con una caligrafía que se le antojó de tenedor de libros y con párrafos breves, demasiado breves. Pero con un gesto de amabilidad obligado por la anfitrionía de Terio, le sugirió que podría colaborar en un periódico local donde él podría ver sus ideas impresas en rotativa redactando obituarios y pequeñas quisicosas de la localidad. Swann pensaba así que nada se perdía: el periódico rellenaba algunas columnas tediosas y que nadie leía, y a su hermano le daba la oportunidad de justificar su afición. Los egos estaban pagados, y Swann pensaba que con tan flaco favor tendría a su disposición a otra persona que le debería un favor, y eso, habidos los tiempos que corrían, no se sabía nunca si podría hacer falta el día de mañana.

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Terio…

Terio era un enorme corpachón alimentado con buenas comidas, regado con grandes cantidades de cerveza y ahumado con inacabables sesiones de cigarros y cigarrillos. A Terio no le ocupaba de gran manera aquellos que le decían que fuera mas comedido y que redujera sus dosis y se pusiera a dieta. Terio tenía otros fines ya que su cansado corazón y su escuálida respiración se veían aliviados cuando escribía. Tampoco es que fuera un escritor o un poeta, simplemente jugaba con las palabras, y, sorprendido, observaba el resultado de ellas. Como en el juego del “scrabble”, y sin querer sumar puntos, aprovechaba su vocabulario para dar sentido a lo que su propia imaginación le condujera. Se decía, “no sé lo que escribo, pero me gusta garabatear con mi bonita pluma sobre el blanco papel, y ver lo que sale”.

Terio adquirió una habilidad enorme en esa cábala en que jugaba todos los días, de cinco a siete de la tarde, entre la siesta y la hora de la cena, acompañado de su sempiterno bote de cerveza y de su pitillo. Era capaz, sin proponérselo, de llenar folios con reseñas, recuerdos o simplemente con frases que tenían el trasunto de tener sentido, pero sin ninguna intención de hacer de ello algún argumento. Aquello le divertía. Se asombraba también de que otros ganasen dinero por hacer cosas así, jugando, y remetía su mano sobre la frente a veces para decirse a sí mismo, “a ver, a ver… No puede ser…” con una sonrisa tan enorme y pícara como la del pescador que no para de hacer capturas viendo a su compañero que la mar se come sus cebos.

No era especialmente sensible, pero sí eminentemente práctico. Si le habían regalado una pluma muy bonita en su día de hace no se sabe cuántos cumpleaños, la tenía que utilizar. Ello implicaba cargarla de tinta, limpiarla regularmente y escribir con ella. Lo que escribiera tampoco tenía mucha importancia ya que nadie lo leería. Le encantaba el ruidito del garrapateo del plumín sobre el folio blanco, y era fácil, muy fácil seguir el runrún mientras el plumín subía y bajaba formando letras, palabras, frases y párrafos. Apenas releía lo escrito, y como mucho, en su improvisación, corregía o tachaba lo escrito con cautela, ya que le parecía que violaba un poquito el folio con el tachado. Jugaba a ser un escritor junto con su sempiterno bote de cerveza y de su pitillo. Sí…

Terio era un masón responsable. De esos que iban a la logia dos veces al mes, hacía y no se proponía nada más. Una “planchita” de vez en cuando y ya. No tenía pretensiones y gustaba de la compañía de sus hermanos. Le preocupaba que, si seguía engordando, la sisa de su traje no daría más de sí y se tendría que comprar otro porque ya éste había pasado por el quirófano del sastre. El cinto de su castigado mandil pedía un palmo más y se las veía para aguantar la respiración y ponérselo con cierta dignidad. Gustaba de los ágapes y de esa pequeña connivencia de “compartir secretos”, aunque él no viera qué secretos habría que guardar tan celosamente. Sin ambiciones en su logia, y siendo un personaje abierto y siempre sonriente, no tenía ningún problema para relacionarse. Y las cosas estaban bien. Sí…

Cuando volvía a su casa, pensando que algo había arreglado en el mundo, le picaba la cosa intelectual, cogía su pluma y garabateaba sus reflexiones mezcladas con esas ideas espúreas que a veces le visitaban. Esas noches podía llenar folios y folios de palabras que le desahogaban y que le permitirían dormir mejor, pensando ufano que había hecho algo por sus semejantes. Nadie las iba a leer, con que, él continuaba garrapateando con su bella pluma considerandos, elucubraciones de todo tipo, conclusiones de aquello que sólo había oído a medias a sus hermanos, contertulios de lo cotidiano. Pero a él lo consolaba convencido que sus discursos eran lo más eximio de la filosofía profunda, y que algún día alguien rescataría de esos rimeros que iba arracimando, un saber digno de cualquier filósofo, pensador o ensayista. Y las cosas estaban bien. Sí…

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La primera vez que morí

Algunas palabras tienen poder, algunos sentimientos tienen aún más poder. Se me ocurre pensar en los vocablos “bizarro”, “estrambótico”, “esperpéntico”, también “rocambolesco”, que se me ocurran así a vuela pluma.

Una mañana de invierno, en este páramo cruel castellano y con la niebla a ras de suelo, un cuervo vuela en busca de su piltrafa de alimento. En un aleteo, se encuentra con un hombre delante de sí. Un graznido de horror sale de su garganta, ha visto un fantasma, y todo su mundo se ha venido abajo; porque no entra en su cabeza que él volaba entre nubes y esa presencia no es la que él esperaba a doscientos metros del suelo. El hombre se ha asustado también, pero para el cuervo ya la vida no será igual: Ha visto un “esperpento”, algo “bizarro” y por tanto no esperado en su devenir. Cada vez que haya niebla el pobre pájaro tendrá horror a volar por miedo de volver a encontrar esa aparición.

Me da que pensar en esta situación. Existen lugares y edificios que nos provocan un particular horror, sitios tristes y que emanan una especie de llanto interno que se es capaz de percibir a poca sensibilidad que se tenga. Algunos espiritualistas piensan en los lamentos de almas perdidas que siguen vagando por aquellos lares, almas de muertos y estantiguas surgidas del inframundo. Viejas cárceles, hospitales abandonados, cementerios, casonas derruidas, mataderos de animales han venido a formar parte de la caza de “psicofonías” y encuentros en no sé qué fase para los amantes de lo paranormal, pero si hubo dolor y sufrimiento entre esas paredes y muros, fueron los vivos y sólo los vivos quienes impregnaron lo físico con su dolor y sufrimiento. Los muertos, pobres míos, bastante tienen con continuar estando muertos.

He muerto muchas veces, y no siempre para resucitar. Es posible morir y volver a morir en una cadena “rocambolesca” que nada tienen que ver con el espacio y el tiempo que se nos antoja lineal cuando los físicos, que de eso saben, dicen que esto es una mera ilusión (ya lo dijeron también los místicos, pero no les hicimos caso)… Muero todos los días y sólo algún día resucito; pero siempre para volver a morir al día siguiente. Es difícil definirlo. Pero es así.

Esto pasa simplemente porque a nuestra manera somos como fantasmas para nosotros mismos y nos horroriza, como el cuervo, volvernos a ver en un espejo donde nuestra realidad no es la realidad y siempre tememos que, cada vez que estemos inmersos en la niebla interior, aparezca la figura que nos recuerde que vivimos en un sueño.

Recuerdo perfectamente el primer día que morí.

Sus piernas eran doradas como haces de trigo recién cortados en la cosecha, su piel estaba tachonada de pequitas que se me antojaban lentejuelas tatuadas. En la ribera del río en una tarde de verano, la plétora del final del verano llenaba la orilla de ruidos de insectos afanados en hacer su reclamo o recolectar para lo que se avecinaba. Las aguas también morían contra la orilla, en un lento y perpetuo devaneo que ellas sabían, las conducía desde su manantial hasta otro río mayor que disolviera su vida. El paso de un tren a lo lejos me recordaba el eterno retorno.

No. No hubo besos ni nada romántico que se le pareciera. Era simplemente estar y percibir y eso era más que suficiente. Intuí que la muerte debería ser así, la Bella Dama estaba ahí, y me esperaba, simplemente me esperaba a que mi río desembocase en ella, mansamente y sin la rebeldía de la fuente de montaña, llena de espumas e ímpetu. No había olor de podredumbre, porque eso sólo afectaba al estuche que en aquel entonces vestía, si no más bien del perfume de rosas agostadas, del cieno promotor de vida, de las hojas de los chopos que ya apuntaban su otoñal amarilleo. La música, como en mi camino de Swann, estaba compuesta de millares de instrumentos, desde el zumbido de los abejorros hasta el violín de los grillos y las chicharras. Y entonces, de veras, morí.

La poesía no es la palabra. La poesía hace uso de la palabra, pero la poesía no es la palabra. El buzo hace uso de la botella de oxígeno para bajar al fondo del mar, pero el fondo del mar no es la botella de oxígeno.

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Yo. El poder

ARGUMENTO

Un personaje gris y vulgar descubre a otra persona qué es el Poder y cómo es halagado por todo el mundo para obtenerlo.

Una mañana de un julio cualquiera en un lugar del centro de la meseta, en esas mañanas de verano interior y a primera hora, en el mismo sitio y en el mismo lugar que todos los días -verano, como ahora; otoño, invierno y primavera- sin tener que pedir el café porque siempre era el mismo café, mi compañera se acercó con el mismo buenos días de papel. Le contesté igualmente. Hojeaba sin mayor interés el suplemento cultural del periódico que dejaban los lunes por la barra y agonizaba tras la semana de ser manoseado por las manos ociosas que se acercaban a la cafetería.

– “¿Qué hay de interesante?” Me pregunta sin más motivo que iniciar una conversación trivial mientras -como a mí- Chus, la camarera, le pone sin preguntar el mismo menta poleo de todas las mañanas. –

– “Nada nuevo”. Respondo yo con el mismo tono abúlico con el que ella me ha interpelado,

– “Apenas un par de exposiciones interesantes en Madrid. Se conoce que este año la oferta de otras actividades mira más a las concentraciones y conciertos de rock dejando de lado las ofertas de otras más “clasistas”

– “Tengo que ir a Madrid”, me responde mi compañera, y “me gustaría llevar a mi hija a que se suelte con el Teatro, la Ópera y la orquesta sinfónica”

– “Yo tengo abono para esos sitios. Si quieres os puedo acercar y ver qué hay, pero sin ninguna pretensión. Ya digo que este año la oferta es floja”

– “Me encanta la idea”, dijo ella; pero atisbando como en un reflujo meramente femenino, que era a ella a quien le encantaba la idea, sin tener en cuenta el aprobado de su hija… “¿Para cuándo dices que vamos?

Mirando a sus piernas que estaban cruzadas ofertando una generosa porción de pantorrilla, Pensé que quizá pudiera ver algo más que la oferta cultural de Madrid, me atreví a lanzarle un pequeño cebo, sin ninguna pretensión de pescar.

-Dije, “Ludi, quizá no sea el momento para que tu hija se vea inmersa en esos “rollos”, Ten en cuenta que los chicos de ahora son más resolutivos que nosotros. Ya tienen el gusto conformado con catorce años. Poco puedes hacer para incitarla a cosas; que sí, que son culturales, pero que le pillan muy lejos de lo que demanda su cuerpo.”

Quizá mi libido se fuera recreciendo en el ambiente de la cafetería por ver esas dichosas pantorrillas. No lo sé. Quizá fuera que tenía gana de mostrarla ese don que tenía oculto y me interesaba que siguiera estando oculto en el mundo que me tocaba vivir. Es posible que mi ego me estuviese jugando una mala pasada. Yo que pensaba que esa parte estaba digerida y bien digerida, me sorprendía de mis palabras…

Pero fue más sorprendente contestación de mi compañera, que hasta ese momento no era más que una contertulia amable y correcta de una relación insulsa laboral. Nunca imaginé que las personas acudían a mí al reclamo de mis intereses. Pero sí. Si lo había imaginado y experimentado, en tanto que yo portaba un don que no era mío y que podía operar en otros que no en mi persona, semejante personaje gris y prescindible con sus pequeñas ambiciones y aspiraciones. Nada que ver con aquello a lo que me encontré.

– “Vamos”, me dijo ella, pensando que ya habría mejor momento para llevar a su Cristina a esas cruces. Y yo me oferté como Isaac ante el sacrificio, a sabiendas que no podría explicarle lo que en esos días viera (yo, la verdad, es que no veía más que sus dichosas pantorrillas).

– “Mi mujer se ha cogido una vacación”, respondí yo, -más taimado que un ratón comprando un cascabel para el gato-. Será un honor acompañarte y guiarte por ese mundo que quieres conocer. Eso lo dije con una pretensión que me pareció sobrada de dobles lecturas…

– “Pues dime los días que tienes abono y yo me planifico”.

. “Vale. Yo te digo algo y tú me dices algo” y a continuación nuestros teléfonos se pusieron en contacto, como si eso fuera un prolegómeno de un encuentro mejor. Digo yo que esto es digno de reseñar. Algunos indios no sabemos intimar si no tenemos el número de teléfono, que ahora es más que quedar en un lugar, que es más que el saber el número y la calle donde está la persona que te interesa,

Vaya. No sé es posible que tenga que repensar algunas cosas…

Escarceos, miradas cómplices, miradas mías a sus pantorrillas -ese cruce de piernas que ahora pienso que no era espontáneo- (¡¿Pero ¿qué estoy diciendo? No es más que mi calenturienta mente… ¡) No sé qué me impulsó a seguir el curso de esa conversación que había empezado como un simple saludo cordial de una mañana entre otras con una consumición convenida entre Chus y nosotros… Algo tuvo que revolverme para manifestarle mis dotes.

Mi ego, convertido en un obediente servidor de mi yo, me había nuevamente traicionado, y yo pensando que lo tenía dominado, ahora me obligaba a manifestarme como realmente era, y no como me mostraba en mi mundo. Ese mundo que de lunes a viernes mostraba a mis próximos que yo era un tipo normal, que, cruzando la raya de los sesenta años, no sentía apenas nada de deseo sexual -mi compañera y mi amor auténtico, Esther, lo podría confirmar-; mis ansias de vivir habían sido conformadas por el “puedo” ante el “quiero”. Y ahora, al fin de las cosas que me acontecían, debería llegar a buen fin una esperanza ajena para que viera una plenitud que no me correspondía -no, no me correspondía. Porque yo ya no ambicionaba nada y nada quería, aunque lo podía todo-.

Bien que me presté a la oferta -y ahora no sé quién ofertó a quien- a esta aventura donde nadie pudo hacer justa cuenta ni reflexión segura.

Convenimos, Ludi y yo, en ir a Madrid.

Y lo dice quien no tiene memoria…

En mi día a día convenía en encontrarme con las mismas personas que me encontraba camino a mi trabajo. Definía a las personas que me cruzaba y fantaseaba con aquello que las movía a deambular a aquellas horas de esta pequeña ciudad. Esta era una limpiadora -su uniforme azul la delataba-; esta era un funcionario o una funcionaria, porque su mirada perdida y sin alma los delataba; esta era una abuelita que iba a dejar a su nieto en la guardería… A todos y cada uno de ellos le dedicaba una reflexión y una pequeña novela. Era un pasatiempo inocente y grato en mi deambular hasta mi centro de trabajo. Pensaba yo que ellos también fabularían conmigo, “mira ya está aquí el fumador”, “mira otra vez me he cruzado con el gordo ese”..

Bueno. Fuera como fuera había que romper con la rutina del recorrido que mediaba entre donde dejaba mi coche y mi trabajo. Todo estaba permitido porque no hacía daño a nadie y nadie me hacía daño. Las hadas de la cafetería Erchus me recibían  guapas, bellísimas, sonrisísimas con la oferta de un café horrible.. Pero qué más daba la calidad del café, si la mano amable y la sonrisa valía más que el euro y diez que me cobraban por el brebaje…

Los días y las noches siempre se confundieron en mi memoria; las más de las veces entre ellas, sólo percibía un atisbo de aumento o disminución de luz, o una diferencia de temperatura que ya anticipaba el señor del tiempo de la cadena de televisión. Así que mi vestimenta, siendo breve y justa para mi cometido, variaba poco en colores y sólo jugaba con el espesor de abrigo dependiendo de la época del año.

Volvía, como huyendo del diablo, todos los días hacia mi casa con la esperanza de hacer algo creativo, algo que llenara mi vida de sentido. Paraba en un pequeño bar de la Plaza de los Ciegos. Javi nunca preguntaba: un solo y formal “Qué tal” cerraba el dialogo y me ponía un verdejo y un puñado de pipas aguasal. Depositaba el importe de mi peaje y me encaminaba por el sendero que me comunicaba con mi coche, aparcado en el otro lado del Puente Mayor…

Cuando llegaba a mi casa, mis sentimientos, castigados por el cansancio, sólo pedían tregua y descanso, y postergaba para mejor ocasión “hablar con los dioses”. Y así pasaban los días…

Seguía pensando a veces en Ludi y sus pantorrillas… Fantaseaba como quien fantasea en un premio de lotería y lo que pudiera hacer con él, de lejos y sublimando su imagen hasta que quedaba fijada en mi mente como un arquetipo. Me agradaba que fuera así, porque mi fantasía era más fuerte que la realidad y me preservaba de situaciones incómodas y de cortejo. Ella era ella y yo era yo, y nada más.

Por las mañanas me levantaba temprano.  Desayunaba y me metía como un pavo las dos o tres pastillas que me correspondían, me duchaba y me ponía la ropilla de verano que me tapaba las vergüenzas… Un ratito de coche, aparcar en el mismo sitio y encaminarme con el aire fresco hacia mi destino. Un café sólo por perder un rato de tiempo antes de entrar al trabajo, un par de cigarros entre medias, y un saludo a la guardia cuando entraba por la puerta… Luego el tedio llenaba mis horas esperando que hubiese en mi pantalla un mandato para contestar. A eso se le llamaba “decretar” y yo debía ser el redactor: en mi pantalla aparecía junto a la línea del asunto “Victorio, difunde” y yo difundía. Pero en verano se “decretaba poco” y hacia las nueve de la mañana ya estaba harto de mirar una pantalla -a veces pienso si no se me caía un hilillo de baba en ese interín-, y me revolvía. Me bajaba al patio de San Diego a echar un cigarro, no porque tuviera ganas de fumar, si no por quemar el tiempo. Tomaba un café, no porque me apeteciera, si no por regalar cinco minutos al sol. Y mientras el reloj se negaba a dar el siguiente minuto.

Tenía mi rutina. Nada más llegar, como era el primero que aparecía por allí, encendía la impresora, colgaba mi bolsito en el perchero, sacaba de él las gafas y el monedero. Sacaba también el móvil para dar un “buenos días” rutinario a mis próximos a través del whatssap (o como leches se escriba), tachaba el día en la agenda y ponía en marcha el reloj de cuco de la Selva Negra que alguien nos regaló y que me traje al trabajo por hacerme el interesante. Pertrechado de buenas intenciones, introducía la clave de acceso, abría el correo y la aplicación del trabajo y me permitía entrar en internet para “bajito, bajito, bajito”, buscar la página de 24 horas ininterrumpidas de música clásica. Ya digo que en esto me venía saturando al cabo de los cinco minutos siguientes y me revolvía en mi silla, no queriendo mirar el reloj porque el muy traidor regateaba los minutos que pasaban.

Tengo una teoría sobre el peinado de las mujeres, y paso escuetamente a exponerla: Las hay con melena y dentro de éstas con las puntas hacia fuera y hacia dentro. Si las tienen hacia dentro me encontraré con una persona reflexiva e introvertida, justo justo como para darte los buenos días y para. Es gente que no quiere líos y te miran como si fueras una efigie de cartón, van a lo suyo y ya. Ludi tenía las puntas hacia fuera. Justo lo contrario que la anterior era extrovertida y vocinglera, su ego lo complementaba con unos taconazos que hacía sonar por los pasillos, y a pesar de ser ya una gallina vieja era capaz de pasearse con un generoso escote o con una minifalda cortita. No me extraña que yo me fijase en ella, pero me consuela que no fuese el único. Además, no había otra. Bueno, sí. Sí que la había: Mari Cruz era más joven y con mejor tipo, pero tenía las puntas hacia dentro….

Hacía años que no pintaba o que no hacía nada por mí o para mi desarrollo. De aquellos lodos sólo quedaba mis reuniones -cada vez con menos sentido- con mis hermanos masones, y una especie de venta de mi imagen con aquello que me sirviera de mérito tiempo atrás. La verdad es que lo vendía bastante bien. La gente de mi entorno consideraba que yo estaba en “un plano superior” (ya te digo), y algunos de mi trabajo me trataban con sorna de “maestro”, o me apodaban “Don Vito”, especie de guiño entre mafioso y poderoso. Yo me dejaba querer por la cosa de mi ego y del “far niente” que me ocupaba. Tal es así que la jefatura -esos seres tan vulgares como los que relato, pero que estaban en un escalón más arriba- también me tenían en estima y respeto. A unos y a otros les dejaba que me quisieran, y posiblemente Ludi acusara recibo de esto que cuento para que me distinguiera de los demás.

Hoy Ludi no me ha dicho ni “allá te pudras”. Llevaba un vestidito tipo Massiel cuando ganó la Eurovisión, con onditas en la faldita, unas sandalias imposibles para andar en una acera sin barrer, y cómo no, unas puntas en la melena como los cuernos de un Mihura. Pero se hizo la interesante meneando con la cucharita su menta poleo con un hielo que Chus le acababa de poner. Di los buenos días y me fui al otro extremo de la barra, y me puse a mirar el culo de Chus. Ludi lo percibió y me envió una mirada envenenada de puntas de pelo hacia fuera. Cosas que sólo ocurren en una oficina.

Del proyecto de ir a Madrid a la Sinfónica va a ser que no. A lo mejor me acojonaba si hubiese ella promovido la iniciativa. Así que mejor que sea que no.

Los periódicos dicen muchas mentiras y, de vez en cuando, alguna que otra verdad… Me había acostumbrado a leer la edición digital de algunos de tirada nacional, mientras esperaba a que “me decretaran”. Los leía sin entrar en lo profundo del artículo, ya se sabe la letra gorda y el titular, porque me resultaban tan irrelevantes como una revista de pasatiempos. Convencido que la realidad discurría por otros pasillos, lo que se me contase tenía menos que ver con las cosas que avergonzaba que el personal se creyera a pies juntillas lo que el artículo “les decretara”.

No sé a qué viene esto. Es posible que mi diarrea mental me haga divagar sobre esta sea mi vida, y mi concreto no sea más que lodo.  Pero sí diré que este es el preámbulo, o necesariamente tiene que ser de algo que percibo que me sobrepasa, y cuando digo que lo percibo no hablo de mis miradas de soslayo a las piernas de Ludi, si no de algo que pudiera ser que ocurriera y no percibiera ni siquiera en el momento en que ocurrió. Sigo pensando en las pantorrillas de Ludi, pero ya no es una concupiscencia o sus puntas de melena hacia fuera, sino en un compuesto de todas las cosas, en las que despejadas aquellas no relevantes, queda lo importante, y a veces esto asusta, y asusta mucho, porque uno se ve en el borde de un acantilado y como si te absorbiera la marea y uno se viera avocado a dirigirse a un abismo donde acaso este tu principio o tu final.

Chus era Chus. Guapa y morenaza después de sus vacaciones en Benidorm. Con tipazo y vestida siempre de oscuro, carácter y genio. La gente masculina y quizá la femenina la observaba entre la cafetera y la fuente de la cerveza, callada. El pelo rizado -ni con puntas hacia fuera o hacia dentro- Era la depositaria de confidencia de las “caninas” y de cualquier raza que pasara por el bar. Se escapaba discretamente para echarse un cigarrito cuando no tenía mucho jaleo y cuando tenía ya la tortilla de patatas preparada. Es un cielo, y como digo, confesora de confidencias bajo el más estricto secreto de confesión. Tenía la mirada cómplice de estar al tanto de todo, saber de todo y de todos y callar, que eso la hacía por eso mismo más atractiva.

La poesía nacía naturalmente en todas las cosas que observara yo sin que ninguna fuera especialmente relevante, y los días discurrían, de lunes a viernes entre esta pequeña trama en la que había convertido mis días…

Recordaba la exquisitez del cuarteto de cuerda, que, en la calle, interpretaba esa pieza tan difícil de Mozart. Ellos se la habían arreglado para que sonara maravillosa y sencillamente bien. Todos eran mayores, muy mayores, y traían sus instrumentos desde sus casas en el metro. Se colocaban en una zona preservada del sol pero no tanto como la gente no pasara por allí y echara unas monedas en la caja del chelo. Ellos dejaban unas monedillas para hacer de cebo y que los paseantes tuvieran la piedad de echar el óbolo a los artistas… Si te fijabas -porque eras asiduo al lugar- los intérpretes cambiaban, a veces veías a un clarinetista o un oboe que se juntaba a ellos y daban cromatismo a su cuarteto (primer violín, segundo, viola y contrabajo). Era una auténtica maravilla oírlos, pero no por lo que tocasen, sino por el amor que imponían en sus partituras, fotocopias secas y amarillentas llenas de anotaciones a lápiz con signos que ellos solos entendían.

Me imaginaba que en algún momento se hubiesen encontrado con algún director de orquesta, que, paseando por esa zona, se hubiese encontrado con ellos, y hubiese percibido el aroma del amor que ellos desprendían, y les hubiese invitado a un ensayo en la Orquesta Nacional…. Un premio bien merecido para aquellos mercenarios de la Armonía… No me creo una escena tan irreal que, ellos, siguieran el compás de la orquesta y los corrigieran… Digno de considerar como todo lo que acontece en estas líneas.

Estamos de acuerdo…  Nada que ver con la realidad, pero no es mi deseo acercarme a esa realidad. Esa tú realidad que no es ni siquiera tuya y mucho menos mía, y por la que nos conformamos. Como el cuarteto de cuerda que menciono, sólo es un matiz del mundo que podemos incentivar con luces y sombras, que no dejan de ser nuestras convicciones y nuestros miedos. Alguien habrá que haga vislumbre de todo. De mis músicos magníficos, callejeros, salvajes, como gatos asilvestrados, pero que saben maullar y arrancarte una sonrisa de complicidad. Esos gatos nos sirven de referente. Ahora me gustaría que sus acordes moderasen mi manera de ver las cosas. Llevo en mi alma los argumentos para que alguien valore a los viejecitos de la plaza, aún sin encontrar a ese director que los reconociera como músicos. Ellos ya se saben músicos, y se portan como tales. Bendición sobre bendiciones para aquellos que nos aportan su sabiduría sin tener en cuenta nada…

En Montmatre también me acerqué en otra ocasión.

No soy especialmente adicto a los relatos largos. Me aburro cuando leo un párrafo largo que es una mera descripción y en la que el autor se embelesa página tras página en algo que se resumiría en un golpe de visión. Creo que eso es un tipo de literatura en el que, el escritor se embelesa con su propia creación, y posterga en un eterno sin retorno su propia voz, regalándose con ella. Yo, cuando veo un párrafo largo me temo lo peor. “Ya está aquí su paja mental”. “He aquí cuando el autor, como pintor que rellena su tema, usa su pincelada de relleno”, y cosas así. A eso lo llamo “enrollarse”, pero es bien cierto que, de ello, algunos autores hacen auténtico arte. Si yo fuera Proust hubiera escrito “En busca del tiempo perdido” en doscientas páginas, incluidas las de mi propio enrolle.

Ya no estamos, creo yo, en la situación en la que ese lector ideal se arroba con el ritmo y compás de la narración o la descripción. Lo mismo que las artes visuales, las literarias deben ser ahora más expeditivas. Se dice lo que se dice, se hace lo que se hace, y cuando se acaba, otra idea otra visión mucho más rápida y sintética ha ocupado el nicho de lo que se ha hecho, con la misma velocidad que nos despachamos una comida rápida. Es impensable y ahora sólo queda un hueco para nostálgicos, hacer un cuento de veinte páginas. Seria un error, los lectores no están por esa labor, nadie tiene tiempo ahora de leer veinte páginas. En cambio, y por raro que parezca, aparecen best-sellers de cuatro o cinco mil páginas divididas en varios tomos, y que disponen de un grupo de lectores fieles que esperan al próximo volumen. Debe haber tema para todos, pero creo que no me equivoco si por mor de la velocidad despacho a Ludi con una ojeada a sus pantorrillas y en ello resumo una novela de cuatrocientas páginas de idilio y amor, tragedia, comedia y fin desgraciado: “Dos lágrimas en un cubo y a tomar por el culo”.

Por el camino de Swann, donde yo también he caminado, quizá viendo contonearse las caderas de Ludi y como buen camino en otoño, cuando todo se vuelve dorado y todo entra en el dulce declive, veía como su culo y su pecho obedecía con el tiempo a la ley de la gravedad. Sus carnes pedían en ese tiempo la declinación de lo túrgido de la juventud y cómo su voz se volvía un graznido de urraca o un gemido de tordo. Las puntas de su pelo eran hacia fuera cada vez más agresivas, y su perfil pergeñaba su futura vejez. Por el camino del señor Swann, y como Proust, recordaba este jardín caduco y no, no percibía ni colores ni olores, sino un tiempo no pasado, no vivido, y no por eso menos real. Ludi tampoco era real, sólo un espectro que me conducía en mi sueño, una vez por la ópera y otra por un paisaje lúdico desprovisto de los calores y sudores del itinerario de un septiembre dorado, y por ello más hermoso en tanto que la fatiga quedaba para quienes lo recorrían realmente mientras que yo, me quedaba con la imagen de lo percibido. Idealizándolo todo así el sueño quedaba ensimismado sólo en la imagen desprendiéndolo del esfuerzo físico. Tampoco Proust en sus caminatas hacía ninguna referencia al calor de la tarde o al cansancio y jadeo de la subida por la cuesta. Tampoco refería nada al sudor de su vestimenta tras el recorrido, y refería las cosas como si las hubiese vivido en una cápsula donde no hubiera existido un esfuerzo físico.

A decir de algunos que saben, eso era la magia de las proyecciones pornográficas. El espectador era ajeno a sudores, exudaciones, intercambios de fluidos, y lo que era normal en el encuentro entre personajes que andaban en esos menesteres, de tal manera que al espectador se le ofrecía simplemente una imagen ideal de lo que había sido un montaje donde había quedado el residuo de la humanidad. No lo sé, pero me imagino que no es lo mismo montar la escena con focos y cámaras, oliendo los alientos y flatulencias del otro o de los otros, oyendo las órdenes del director de la escena, permitiendo que el cámara fuera un actor más a la hora de enfocar en primer plano una parte íntima, midiendo los estertores del orgasmo. Todo ello para ofrecer una visión ideal al espectador. Se me ocurre que todas las cosas que observamos y con las que nos deleitamos tienen mucho que ver con esta puesta en escena; burda, sí, pero no por eso menos real.

Ludi se pone los zapatitos de tacón como un militar se pone las botas. Sin sal ni coquetería. En esto que vengo a decir, no se me ocurría acercarme a ella para percibir su olor de sobaco, que me imagino que es acre y de soldado, aunque lo haya disimulado de perfume, ni mucho menos acercarme a su sexo que me imagino viejo, acartonado y con olor a alcanfor. Pero como en el camino de Swann lo trascendía y lo ensoñaba como un espectador de película porno. Si alguien en este momento piensa que yo con Ludi tengo fantasías sexuales o estoy obsesionado con ella, ya puede cerrar estas páginas y dedicarse a otra cosa mejor.

Observaba el jardín de la casa, que con tanto esmero Esther cuidaba. Esther cuidaba de todo, de la casa, del jardín, de la perrita, de mí, de mis amigos y de sus amigos. Con una dedicación y amor fuera de este mundo. En verdad que era un ser enamorado de su propia existencia y de sí misma. No entiendo aún porqué no he comenzado mi fantasía con ella, porque ella no huele; o al menos lo que huelo de ella no es ofensivo, pero tampoco me lo planteo demasiado. Quizá he escogido a Ludi por el morbo de que es asturiana y me gusta el queso de Cabrales.

Apenas si se roza la realidad aparece la ensoñación. ¿Qué podría yo pensar un martes en el Patio San Diego, fumando un cigarro mientras le echaba ganas para ir a mi trabajo? ¿Qué rondaría en ese trasunto de tres minutos en que mi cigarrillo se consumía, deseando que fuese el último y mirando el reloj viendo el segundero como una termita que lenta, muy lentamente comía mi tiempo? Mi camino de Swann quedaba lejos, y lejos el dorado sugerido de su trocha. En ese patio carcelario pocas cosas eran sugerentes. Alguna paloma perdida y el olor de la cocina, los ruidos de la calle del León. No lo sé, de ahí que Ludi fuera la musa vieja.

Imaginaba en ese trasunto ser un ser superior. Por imaginar que no quede. Atisbos lejos de la realidad me reclamaban como si fueran sirenas por amarrar retazos de ensueños que en otros días creí que fueran realidad. Nada más lejos,

Como un teatrillo todo se componía de guiones no escritos, pero de todos conocidos, allí todo estaba donde todo debía estar. Nada fuera de lugar, nada que asustase. Como una novela dentro de otra novela, mi tiempo perdido devenía en una serie de reflexiones que no conducían a nada, y nada era el premio de todo esto. La mañana de septiembre mandaba sus luces al patio marcando sus sombras geométricas, delimitando con el discurrir del día, las zonas habitables y las inhóspitas, y marcando también, en lo más profundo qué es lo que estaba claro y qué era lo que estaba oscuro.

“Hola, Chus”. Y antes de volverme el saludo ella ya estaba con la mano en el porta preparándome el café. Queriéndome entretener hojeaba sin interés el periódico del día. Ludi aparecía dando un “buenos días” que me parecía cada vez más a una de esas voces fantasmagóricas que emitían las máquinas de servir tabaco, “su tabaco, gracias”, ya se me entiende, y sus tacones la delataron antes de entrar en la cafetería. Las puntas de su pelo esa mañana estaban excepcionalmente hacia arriba, y conjugaba sus puntas con el minivestido de Massiel. Dejaba ver su trozo de espaldita y su arrugada pechera llena de pequitas y volvió a cruzar sus pantorrillas mientras pedía su té rojo con un hielo a Chus, que sin oírla ya se dispuso a preparar el hielo en un vaso y poner la tetera en la máquina.

En mi jardín escuchaba las efímeras con su ruidito de alas fricadas en su único día de su vida. Escuchaba también los charraneos y chuleos de los cantos oscuros de los tordos, y me parecía que querían hablar con otro lenguaje de las mismas cosas. Los veía en las ramas más altas del tilo del jardín, a primera hora y saludando el calor de la mañana. Esther se levantaba a primera hora para hacer sus ejercicios, y a veces, perdía de sus minutos para ver cómo se comunicaban esos diablillos con su código de sonidos. Quizá podía oír a alguna perdiz o codorniz que se acercase a la casa, pero eso sólo era posible si los cazadores les daban tregua.

Ahora que lo pienso, y bien entendido, yo también discurría por mi camino personal de Swann. Tenía esa manera de ver la dorada luz del otoño en la que todo se justificaba y disponía, como Proust de ese recuerdo interior que todo se sublimaba, incluso esa triste rutina en el Patio de San Diego, y era capaz de extraer belleza de todo ello. Mi paisaje interior, y sin darme cuenta de ello, se iba llenando de imágenes que ya no procedían más que de mí, incluidas las pantorrillas de Ludi.

¿Has visto como un niño te pide consuelo de verdad? Los dedos de las manos se juntan y se les abren las palmas, se arriman y buscan tu calor y con esa disposición de manos buscan tu energía. Lloran silentes buscando albergue en tu seno. No chillan porque ya encontraron el calor y el refugio. Descansan en tu regazo tras haber pasado su penuria. Mansamente dejan que sus lágrimas se derramen en tu cara, y respiran hondo, muy hondo, porque ya encontraron el amor de unos brazos protectores. El sollozo silente sin alharacas es su síntoma. Yo he visto llorar así, y nada tiene que ver con plañideras ni con estrambóticos alaridos. Su silencio es el silencio que llama al alma silenciosa que simplemente acoge.

Aludo a estas cosas, las vistas y las imaginadas. Es fácil y es sencillo pensar que cuanto más pequeño es nuestro mundo más intenso ha de ser. Es también fácil equivocarse porque lo sencillo es lo complicado. Si veo a Ludi pletórica y con las puntas del pelo hacia fuera es posible que yo me retraiga. Es un juego entre los cuernos del caracol: si yo expando mi cuerno, mi semejante lo contrae, y esa lucha es la lucha incruenta en la que la moral nos permite no mordernos y consentirnos. El adormecimiento de los sentimientos va de suyo en un momento de las cosas donde uno no se compromete. Es más fácil irse de fin de semana con una compañera a ver una representación del Teatro Real que mirarse al ombligo. Si todo es fantasía siempre escogeré el camino del señor Swann que la realidad. Lo del niño que pide consuelo de verdad lo dejo para momentos trascendentes, en el duermevela de mi propia existencia. Mientras, mi fantasía me hace recorrer ese camino subido en un tílburi viendo las rodillas de Ludi.

Admiro ese camino, ahora lleno de matices dorados y con los arbustos y zarzas llenas de moras y endrinas, amén de abrojos, tapaculos, uvas de perro y otras especies. Desde ahí quizá y sólo quizá, llegaré a un sitio también ensoñado donde me encuentre entre dos puentes del Sena, en un tiempo que, como otras tantas cosas, no pertenezcan a tiempo, ni condición. Admitiré el olor sólo si este es agradable.

Imaginaba a Ludi con un chelo entre las piernas, inclinada hacia el instrumento mientras su vestido se ahuecaba dejando ver la canal de sus pechos, interpretando la sonata número 2 de Brahms

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Hoy ando nostálgico…

Aprendí mis primeras letras sentado en un pupitre de madera. La clase olía a orín de niño y a un profundo aroma de goma de borrar.
Mi maestro se llamaba Don José, y se tenía bien ganado el “don”… Con el paso de los años confundí su figura con Don Antonio, ese profesor del Instituto de Soria con ojos de soñador y que pasó al Parnaso de las Letras con su nombre completo: Don Antonio Machado.
La clase, igual que la de Don Antonio, era alta y de grandes ventanas; donde las moscas jugaban a un juego mortal para ellas que era estar encerradas en un recinto con treinta niños. Don José era más que un maestro un sabio con una paciencia infinita. Y en el momento de estudio y cuando se elevaba un poco más el murmullo de fondo simplemente se limitaba a decir a las paredes “callaos…”, pero a sabiendas que sólo las paredes mudas le harían caso. Le recuerdo a él y a otros tantos con su guardapolvo azul lleno de trazas de polvo de tiza, su mirada triste y cómplice, y en su mano una regla larga que era símbolo de su autoridad, su conminación y la extensión natural de su mano.
Con un profundo amor nos enseñó las letras y los números, y dónde estaba África y América. Supimos por su mano de las gestas de los héroes de nuestra tierra y supimos del martirio de sus santos.
Nosotros también le enseñábamos y él aprendió que la mejor manera de grabar el nombre en el pupitre de madera era un plumín viejo. Que era mejor para buscar nidos acercarse a alisos y fresnos porque los pájaros los prefieren por su sombra. Que los chicos del barrio de arriba eran malos y vengativos. Aprendió de nosotros que si se quería subir la fiebre no hacía falta más que masticar tiza. Y que la clave para hacer un buen tirachinas era hacerse con buena una horquilla de nogal, y que el momento bueno para hacerse con ella era cuando venían los del Ayuntamiento a podar. Aprendío muchas cosas, sí, Don José.

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Para quienes andamos en las redes…

No sé cómo empezar cuando las cosas sobrepasan a la intención.
He tenido que darme de baja en el Facebook.
Mis simples intenciones han abierto un abanico de sentimientos que no he buscado.
No entiendo. Al día de hoy no entiendo cómo seres que se dicen dueños de su mundo, pueden delegar sus propios sentimientos, creérselos,
y emitir sus intenciones sobre alguien -léase yo- que no he tenido la más mínima intención de provocar nada en las personas, sino la intención que se trabaje sobre aquello que se cree…
Lamento y pido perdón por la confusión
Y por eso mismo me alejo de estos espejos engañosos..

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